Deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar.

domingo, 20 de mayo de 2012

Maktub.

Un dia, cierta persona se paró a preguntarme casi sin llegar a tener nada que ver en la conversación que entablabamos que si creía en el destino. Le conteste que no, si no es bien cierto, de esto ya hace un par de años y creía haber alcanzado cierto conocimiento sobre el tema, no es tarde para retirar lo dicho, nunca lo es, pues, ahora mismo pienso totalmente lo contrario. 
Quizás el tiempo, amigo de la sabiduría y quizás enemigo de otros tantos, ha sido el motor que me ha llevado a pensar lo anteriormente mencionado. Nunca me había parado a pensar en todas las extrañas situaciones que, de un modo u otro te llevan a hacer una cosa totalmente opuesta a la que tenías en mente en esos momentos. El simple hecho de sentarte un día en un metro, salir un sábado a comprar el pan a una hora concreta, o simplemente pasear con tu perro por el parque porque estaba realmente pesado e inquieto. 
Vuelvo a hablar de él, de el tiempo. 
A esa hora, justo a esa hora decidí despertarme, tomar lo primero que tenía a mano, ponérmelo, y sin siquiera peinarme, bajar a por el pan. No sabía ni por asomo lo que me ocurriría minutos después, de haber sido así, creo que habría decidido peinarme, parecía un león en el que sólo se fijarían a la hora de ver una pelicula de la MGM y porque aparece al principio. Crucé la puerta de la panadería, hacía incluso dias que no pasaba por allí. Tropecé con el juguete de un niño que llevaba una señora despreocupada. Parecía mas interesada en conseguir su fortuna light que en ver que su hijo estaba intentando abrir una botella de vinagre y ponerse realmente perdido. Caí, fue una caída de esas que sólo se ven en los programas de risa con cámara oculta, de esas que, aún estando en el suelo alzas la cabeza para ver si había mucha gente observándote y te sonrojas, en mi situación, cuando alcé la cabeza lo primero que vi fue su mano extendida preguntándome si estaba bien. Volvemos a hablar del tiempo. Esa hora, ese momento. ese niño con el juguete y el vinagre, esa señora con su mono de fortuna light, y esa mano extendida. Por un segundo pensé que podría ser el panadero, pero la voz que escuché en mis segundos de shock  no correspondía a la del panadero, correspondía a un chico quizás no realmente guapo, pero con una mirada de las que primero observas un ojo, y luego el otro, y después ambos.
No le había visto nunca por allí, tampoco suelo darle rienda suelta a la imaginación sobre si volvería a verle, o si era de fuera pero se había mudado aquí, así que no le di mas que las gracias, me espolse un poco el trasero, y me incorporé de inmediato totalmente color rojo tomate. Le di las gracias y él respondió con un "De nada" acompañado de una sonrisa amplia que achinaba sus ojos de una manera muy graciosa. Salí de la panadería como si nada, y proseguí mi rutina diaria sin ningún tipo de cambio.  Un par de años mas tarde, el destino quiso que nos encontrásemos de nuevo en la universidad. No compartíamos carrera, pero sí amigos en común en ella. Coincidíamos en varios festivales universitarios y sólo cruzabamos las miradas como extraños, y en contadas ocasiones sonreíamos porque ambos recordabamos la bochornosa situación de mi lamentable tropiezo. Sin saber cómo, una noche cenando con unas amigas él fue al mismo restaurante que yo con sus amigos, que como antes mencioné eran comunes a las mías, así que compartimos mesa. Decidí en un arrebato hablarle, el primer tema que se me ocurrió fue el típico: "Yo te conozco". Seguido de: "Espero que no me pusieses aquel día la etiqueta de patosa". Él sonrió y pudimos estar durante varias horas hablando sin parar. El siguiente paso, dado el siglo en el que estamos y las circunstancias tecnologicas, fue intercambiar telefonos y lo de hablar se convirtió en un acto cuotidiano. Salimos juntos meses mas tarde.
Vuelvo a referirme al tiempo. Ese que quiso que pasase de esa forma, ese día, a esa hora, con esos amigos comunes. Ese que me llevó a no escoger otra universidad. Ese que detrás de todo mi pasado, hizo que cambiase mi opinión. Y no por el hecho básico de encontrar a una persona, que no es tarea fácil ni mucho menos, si no por darme ese tiempo de reflexión, de pararte a pensar miles de minutos por qué suceden las cosas. Por qué pasas por determinados momentos. Por qué te caes y te ayudan a levantarte, y por qué te ayuda esa persona a levantarte. Y quizás también te preguntes si realmente deberías darle las gracias a esa señora de los fortuna light a tener mono a esa hora y descuidar a su pequeño diablillo. 

¨¿Quién, tras un desastre grave, no ha vuelto la vista atrás con asombro ante la inconciliable torpeza de comprensión que le impidió percibir las numerosas hebras diminutas con que el destino teje la red inextricable de nuestros destinos, hasta que se ve atrapado en ella?¨ 

Mary Shelley, El último hombre.